Pájaro de fuego
Me poso sobre la rama de un almendro en flor. A la mitad de este febrero la luz del sol lo baña todo de alegría, de calidez, de serenidad, de amor, de paz con todo lo que estos años atrás se iba organizando y aposentado para ahora poder observar con claridad y calma desde la altura de este brazo algodonado del almendro.
Siento que este florecer me alza el vuelo como nunca. Vuelo, pero no estoy en las nubes, vuelo, pero me conecta a la tierra, vuelo y puedo divisar amplios horizontes, sin miedo, con certezas del valor del alimento del que me nutro en estos campos.
Siento el peso sabio del paso del tiempo en mis alas, en mis patas, en mi cuerpo henchido, en el plumaje pomposo. Siento cómo empieza a salirme el penacho de una madurezque se ha ido ubicando en buen lugar.
Puedo saborear mejor el gusto de los bichitos muertos que me traen mis pajarillas de referencia, deleitarme más con la forma en que vamos juntas de árbol en árbol, o correteando sobre la hierba alrededor de un arbusto y es en el nido que he encontrado donde incubo esta suerte cada noche, a solas, acolchada y abrigada con el calor que viene profundo desde dentro


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